Rafael Vida’s Zine

Marco para Pensar la Fotografía

Dándole vueltas y leyendo y leyendo…

Este texto es una síntesis personal, ordenada como marco de pensamiento, de un recorrido por algunos de los autores que más me han ayudado a entender qué hago cuando fotografío: Vilém Flusser, Roland Barthes, John Berger, Susan Sontag, Stephen Shore, Luigi Ghirri, Charlotte Cotton, Junichirō Tanizaki, y la tradición estética japonesa que ha pensado la mirada y la transitoriedad con una precisión que las lenguas occidentales rara vez alcanzan. No pretende ser exhaustivo ni neutral. Es el mapa que me sirve a mí, después de mucho leer y de mucho dudar, para no perderme cuando levanto la cámara.

Punto de partida: el problema de la imagen ya hecha

Cualquier fotógrafo serio se enfrenta tarde o temprano a una sospecha incómoda: parece que ya están hechas todas las fotografías. Los arquetipos visuales están agotados desde hace décadas. El retrato a contraluz, la calle mojada de noche, la sombra larga al atardecer, el reflejo en el charco. Si la fotografía se reduce a su iconografía, la pregunta tiene difícil respuesta.

Pero esa reducción es el error. Lo que está agotado son las categorías de imagen, no las instancias. La luz que entra hoy en una habitación, con este polvo flotando, con esta temperatura de color exacta, con este recorte particular sobre una superficie que ha envejecido de cierta manera, no se ha fotografiado nunca, porque no es una categoría sino un suceso. Lo que Roland Barthes llamó punctum (ese detalle que punza, que está atado a una contingencia irreductible) no puede agotarse, porque depende del encuentro singular entre una mirada y un instante.

La pregunta útil, entonces, no es si esta foto se ha hecho ya, sino por qué la estoy haciendo yo, ahora. Si hay respuesta a la segunda, la primera deja de importar.

El aparato y su programa: Flusser

Vilém Flusser, en Para una filosofía de la fotografía, propone una idea que cambia la pregunta misma sobre qué es hacer una foto. La cámara no es una herramienta neutral: es un aparato que contiene un programa. Cuando disparas, no produces una imagen del mundo, produces una imagen que el aparato permite producir. La cámara ya contiene, antes de que tú llegues, todas las fotografías que se pueden hacer con ella. Tu trabajo, lo sepas o no, es seleccionar dentro de ese conjunto.

Flusser distingue entre imágenes redundantes (las que repiten una posibilidad ya explorada del programa) e imágenes informativas (las que arrancan al aparato algo improbable). Y llama funcionario al fotógrafo que opera el aparato sin ser consciente de que lo opera, que cree dominarlo cuando en realidad ejecuta sus posibilidades por defecto.

La consigna que sale de aquí es simple: jugar contra el aparato. No por antagonismo, sino por lucidez. Conocer el programa para poder traicionarlo cuando convenga. Buscar las posibilidades improbables, no las imposibles. Sospechar de las imágenes que se parecen demasiado a lo que esperabas obtener.

Para una práctica honesta, la pregunta flusseriana útil, antes de cada disparo o al revisar el archivo, es: ¿esta imagen está ejecutando un programa, o está luchando contra uno? Y si está ejecutando uno, ¿de quién es ese programa? ¿De la cámara? ¿De Instagram? ¿De los fotógrafos que admiras y has terminado imitando? ¿De tu yo de hace cinco años?

Mirar no es ver: Berger, Sontag, Barthes

La mirada parece algo natural (tenemos ojos, miramos), pero en cuanto se rasca un poco se descubre que mirar es una de las actividades más culturales que existen. John Berger demostró que la mirada es histórica: miras como te han enseñado a mirar, y lo que te han enseñado depende de tu época, tu clase, tu cultura visual. Cuando crees estar mirando, en buena parte estás recordando cómo se mira.

Susan Sontag añadió una capa más oscura: fotografiar es siempre, en alguna medida, un acto de apropiación. La cámara, dice, es una forma sublimada del rifle: ambos apuntan, disparan, capturan. Y peor: fotografiar puede ser una manera de no estar, de interponer un aparato entre uno mismo y la experiencia para no tener que vivirla del todo. La cámara como escudo.

Pero Sontag también reconoce que la fotografía es de las pocas formas en que prestamos atención sostenida al mundo. Mirar para fotografiar te obliga a mirar de verdad. Es a la vez apropiación y atención, las dos cosas, no una u otra.

Barthes, en La cámara lúcida, introduce algo que ni Berger ni Sontag tematizan: la mirada como encuentro afectivo. Distingue el studium (lo culturalmente codificado, lo que cualquiera lee) del punctum (ese detalle que punza, irreductible, ligado a una contingencia). El studium sí está agotado; el punctum, por definición, no puede estarlo. Y ocurre en el espectador, no en la imagen: la foto contiene la posibilidad, el espectador la actualiza.

De aquí salen dos consecuencias prácticas. Primero, una mirada propia no se opone a la herencia cultural; opera con conciencia de ella. Una mirada virgen es fantasía romántica; lo que se puede tener es una mirada que sabe desde dónde mira. Segundo, el espectador (incluido tu yo dentro de diez años) es parte constitutiva de la imagen. Fotografiar para uno mismo no es fotografiar sin destinatario: es elegir un destinatario distinto del estadístico del scroll.

El tiempo de la fotografía

En cada fotografía conviven al menos tres temporalidades distintas. El tiempo del referente, en que la escena ocurría delante de la cámara. El tiempo de la exposición, el intervalo en que el obturador estuvo abierto, que determina qué forma tiene en la imagen lo que ocurría. Y el tiempo de la mirada, el que tú dedicas a la imagen, ahora, completamente independiente de los otros dos.

La cámara no detiene el tiempo, lo transforma en otra cosa. La fotografía es una forma particular de tiempo: comprimido y plano. Y dice, con certeza absoluta, «esto ha sido», lo cual implica también, silenciosamente, «esto ya no es». La fotografía tiene una afinidad estructural con la transitoriedad, aunque casi nunca se la trata así. El uso ordinario de la foto pretende usarla contra el tiempo, como conservación. Pero la foto, vista de cerca, no conserva: registra que algo pasó, en los dos sentidos del verbo, ocurrir y dejar de ser.

Hay también un tiempo del que se habla poco y que es crucial: el de volver sobre las propias fotos años después. Una fotografía cambia con el tiempo aunque sea la misma imagen. Cambia porque tú cambias, porque el contexto cambia, porque lo que en su momento parecía importante se vuelve secundario. Hay fotos que descartaste hace cinco años que hoy reconocerías como las mejores de aquel periodo. Esto no es defecto del juicio: es propiedad del medio. La fotografía madura.

Una constelación japonesa para ordenar la práctica

La estética japonesa ha pensado durante siglos la mirada y la transitoriedad. Cuatro de sus conceptos forman, juntos, un marco preciso para una práctica fotográfica orientada a lo sutil. Cada uno responde a una pregunta distinta.

Wabi-sabi es una cualidad del mundo: la belleza de lo incompleto, lo gastado, lo que el tiempo ha tocado. Está en las cosas, no en quien mira. Orienta la atención hacia lo que normalmente se ignora: las texturas medias, los colores apagados, las superficies modestas. No es estilo decorativo ni repertorio de objetos viejos; es una manera de reconocer que todo está envejeciendo, incluso lo nuevo, y que ese actuar del tiempo es bello. Responde a la pregunta de qué mirar.

Mono no aware es una respuesta del sujeto: la conciencia melancólica de la transitoriedad, la emoción ante la fragilidad de lo que existe sabiendo que va a desaparecer. El cerezo en flor es bello no a pesar de durar pocos días, sino precisamente porque dura pocos días. La belleza está atravesada de pérdida. La fotografía tiene afinidad estructural con esta emoción, porque cada disparo certifica una presencia y, simultáneamente, su pérdida. Responde a la pregunta de qué se siente ante lo que llama la atención.

Ichigo ichie es una disposición temporal: la conciencia de que cada encuentro es único e irrepetible, y la atención correspondiente. Aplicado a fotografía, contrasta con la doctrina del instante decisivo de Cartier-Bresson. El instante decisivo es centrípeto: el fotógrafo concentra su atención hacia un punto futuro inminente, anticipa, espera el momento en que los elementos se alinean. Es postura de cazador. Ichigo ichie es centrífugo: la atención se abre al instante presente sin proyectarse hacia un punto culminante. No esperas a que algo ocurra; estás con lo que ya está ocurriendo. La postura es de anfitrión, no de cazador. Responde a la pregunta de cómo estar presente.

Yūgen es una cualidad de la imagen como objeto: la capacidad de evocar más de lo que muestra, de apuntar hacia lo que no está. No opera en el momento del encuentro sino en la imagen resultante. Y aquí está la distinción importante: puedes vivir un encuentro pleno de los tres conceptos anteriores y producir una foto que no tenga yūgen. Has estado presente, has reconocido la cualidad de las cosas, has sentido la transitoriedad, y la foto sale plana. Yūgen es una cualidad que la imagen tiene que ganar como representación. Responde a la pregunta de qué tiene la imagen resultante, si lo logras.

La consecuencia práctica de esta distinción es que el trabajo no termina con el clic. Continúa en la edición, en el procesado, en la selección, donde se decide si lo que el encuentro tenía va a sobrevivir o se va a perder por exceso o por defecto.

Las muletas y por qué destruyen lo importante

Hay imágenes que no contienen mucho. No hay un encuentro, no hay una luz que valga la pena, no hay una textura que diga algo. Son fotos del programa flusseriano puro: el aparato registró algo porque alguien apretó el botón, y eso es todo. Vistas crudas, lo confiesan: se notan vacías.

Aquí entra la muleta. El blanco y negro contrastado, el desenfoque dramático, el viraje a tonos cálidos, el grano añadido, el viñeteado, los presets de aspecto cinematográfico: operaciones de postproducción que añaden a la imagen una intensidad que la imagen no tenía. El resultado es una foto que parece intensa, pero la intensidad no está en lo fotografiado, está en cómo se procesó. Se ha desplazado el peso desde el momento del disparo hasta el momento de la edición.

La muleta funciona porque activa asociaciones culturales automáticas: el blanco y negro contrastado convoca seriedad documental, el desenfoque selectivo dice «mira aquí, esto importa», los virajes evocan códigos cinematográficos. Una foto banal procesada con muletas adquiere una autoridad prestada. Y lo más insidioso: engaña sobre todo al fotógrafo. Cuando el procesado dramático «salva» una foto plana, obtienes una recompensa que actúa como refuerzo: la próxima vez disparas con menos exigencia, porque sabes que en la postproducción puedes salvar lo que sea.

La diferencia entre muleta y lenguaje es interna. En el procesado como lenguaje (Daido Moriyama, Trent Parke, ciertas decisiones cromáticas de Saul Leiter) la imagen y su tratamiento se necesitan mutuamente; lo uno significa con lo otro. En el procesado como muleta, el tratamiento sustituye a la imagen, hace su trabajo, la encubre. La prueba: si tu procesado sirve para todas tus fotos por igual, si cualquier foto mejora aplicado el preset, es muleta. Si responde a lo que cada foto necesita y a veces consiste en dejarla casi sin procesar, es lenguaje.

Y la prueba al revés: mira la foto en raw casi neutro. Si sigue diciendo algo, el procesado posterior será afinado. Si en raw la foto es un cadáver y solo cobra vida con el procesado, no había foto.

El lenguaje fotográfico: Shore

Stephen Shore, en La naturaleza de las fotografías, propone que toda fotografía existe simultáneamente en tres planos. El plano físico: la foto es un objeto material, con tamaño, soporte, textura. Una copia bien hecha en papel y la misma imagen en pantalla son experiencias distintas. El plano descriptivo: la foto describe un mundo mediante cuatro recursos básicos. El plano mental: la foto es algo que sucede en la mente del espectador, que reconstruye, asocia, completa, anticipa.

Los cuatro recursos del plano descriptivo son las dimensiones constitutivas del lenguaje fotográfico, las cosas que la cámara hace inevitablemente con el mundo, lo quieras o no. El trabajo del fotógrafo es decidir conscientemente lo que el aparato hace de todos modos.

El plano: la cámara toma un mundo tridimensional y lo traduce a una superficie plana. En esa traducción, las relaciones entre los elementos cambian respecto a como los percibes en la realidad. Cosas que estaban a metros de distancia, en la foto pueden tocarse, alinearse, fundirse. Fotografiar es, en buena parte, ver cómo se va a aplanar la escena antes de que se aplane.

El encuadre no es elegir lo que sale en la foto: es decidir dónde está la frontera entre lo que está y lo que no. El encuadre constituye la imagen. Hay un encuadre activo, donde el fotógrafo busca la frontera concreta que organiza la imagen, y un encuadre descriptivo, donde se deja que la cámara dé cuenta de un trozo de mundo sin intervenir demasiado en sus bordes. Ambos son legítimos, pero saber cuál se está usando, en cada disparo, importa.

El tiempo: la duración de la exposición no es un parámetro técnico, es una decisión sobre qué tipo de tiempo va a habitar la imagen. Una exposición corta congela; una larga acumula; una media se acerca a la percepción humana. La misma escena a 1/1000 y a treinta segundos no son dos versiones de lo mismo: son dos mundos distintos.

El foco: dónde la imagen exige nitidez y dónde permite el desenfoque. Esto crea una jerarquía visual: lo nítido pide atención, lo desenfocado la cede. Pero esa jerarquía es una decisión, no una obligación. Una foto con profundidad de campo amplia da al espectador la posibilidad de mirar libremente, de descubrir relaciones que el fotógrafo no impuso. Es una imagen más generosa.

Dos confusiones frecuentes

Cuando los criterios se mezclan, aparecen dos confusiones simétricas que arruinan muchas imágenes.

Confusión A: pedirle a una foto descriptiva una intensidad compositiva que no le corresponde. Fotografías una atmósfera, una luz, una textura, sin que haya geometría que cerrar. Al revisar, la foto te parece floja. Empiezas a recortarla, subir contraste, buscarle fuerza. Lo que era una descripción de un momento de luz se convierte en un intento fallido de imagen impactante. La foto correcta habría sido aceptar la cualidad descriptiva y dejar que la atmósfera respire. Si no se sostenía sin trucos, la foto no daba para más.

Confusión B: pedirle a una foto compositiva la apertura de una descripción. Fotografías un momento donde sí había una geometría que cerrar, una rima visual que aprovechar. Al revisarla, te parece «demasiado fácil», «muy de manual». Eliges una versión menos resuelta para que parezca más casual. Pero la foto era la primera. Lo que te molestaba no era un defecto, era la incomodidad de admitir que a veces el mundo regala composiciones, y aceptarlas no es facilismo, es reconocer lo que estaba ahí.

La regla, formulada simple: honra cada foto en su propio modo. No le pidas a una descripción la fuerza de una composición ni a una composición la respiración de una descripción.

El color como descripción de un momento de luz

Hay tres maneras muy distintas de pensar el color en fotografía. El color como código (rojo igual a peligro, azul igual a frío) es la lógica de la publicidad y la manipulación semántica. El color como composición formal (Saul Leiter como ejemplo más alto) trata el color como elemento plástico que se relaciona con otros colores en la superficie. El color como descripción de un momento de luz (Stephen Shore, Luigi Ghirri, mucha fotografía contemplativa) entiende el color como la huella exacta de cómo la luz tocó las cosas en ese momento.

Para una práctica orientada a la transitoriedad, las dos últimas son las pertinentes, especialmente la tercera. La luz de las cuatro de la tarde de un sábado de octubre tiene un color que no es ningún otro, y fotografiar ese color es fotografiar ese momento. Pasarlo a blanco y negro es tirar a la basura la mitad de la información del encuentro.

El procesado del color, en esta lógica, debería ser casi siempre mucho más leve de lo que la cultura del preset pide. Subir saturación global hace que todos los colores griten y la jerarquía cromática original (que era parte de la imagen) desaparece. Aplicar virajes destruye la información del momento: la luz que efectivamente había deja de ser la luz de la foto. La regla útil es partir de neutro y añadir lo mínimo necesario, no partir del preset y restar.

Luigi Ghirri es probablemente el referente más útil para una sensibilidad orientada a esto. Sus paletas son grises coloreados, beiges, ocres apagados, azules muy lavados. No producidos por procesado sino buscados: él está donde están esos colores. Sus encuadres dejan espacio, sus tonos viven en la zona media, no subraya nunca. Su confianza en que la imagen no necesita gritar para tener algo es lo que más vale la pena aprender de él, no su estilo superficial, que es fácil de imitar y difícil de habitar.

El archivo como organismo

La edición y el archivo son, probablemente, donde un fotógrafo se forma de verdad. Más que en el disparo, más que en la teoría. Y conviene distinguir tres operaciones que suelen confundirse: el procesado (qué se hace con cada archivo individual), la selección (qué fotos sobreviven y cuáles se descartan) y la secuencia (en qué orden se presentan las imágenes seleccionadas).

La selección es la disciplina más difícil. No es cuestión de gusto refinado, es cuestión de honestidad sostenida ante el propio trabajo. Hay dos errores opuestos. Seleccionar demasiado pronto, en caliente, cuando todavía estás emocionalmente implicado con lo que viviste y no puedes ver lo que la imagen contiene. Y no seleccionar nunca, dejarlo todo en el archivo, «ya elegiré».

Hay dos sesgos que conviene reconocer porque arruinan la selección. El sesgo del recuerdo: salvas una foto porque te recuerda el momento, aunque la imagen sola no lo transmita. La prueba es preguntarse: si esta foto la hubiera hecho otra persona, sin tu memoria del encuentro, ¿la salvarías igual? El sesgo del prestigio: salvas una foto porque se parece a una foto buena, porque reconoces en ella ecos de algún fotógrafo que admiras. Y al revés: descartas imágenes que no se parecen a nada que reconoces, y precisamente por eso podrían ser las más interesantes, las que están más cerca de una mirada propia.

Un archivo no es un almacén, es un organismo que crece y madura. Si lo tratas como almacén, se fosiliza. Si lo tratas como organismo, una foto de hace cinco años empieza a dialogar con una del mes pasado, y en ese diálogo descubres que llevas cinco años fotografiando, sin saberlo, una misma cosa. Series que no estaban planificadas se reconocen en el archivo: son tuyas, llevaban tiempo formándose, y solo ahora las identificas.

Por eso conviene volver al archivo regularmente y sin propósito instrumental. No para buscar una foto para tal cosa, sino simplemente para mirarlo. Esa visita es donde el archivo te enseña qué fotógrafo eres, qué buscas, qué encuentras. Y donde aparece, casi sin que lo notes, una mirada propia: no la idea que tienes de tu mirada, sino la que efectivamente operas. Casi siempre es distinta de la que imaginabas.

El marco completo, condensado

Si tuviera que reducirlo todo a un marco compacto que tener en la cabeza, diría algo así.

Antes del disparo: sospechar del programa, del propio y del ajeno. No fotografiar lo que ya sabes cómo se fotografía. Buscar la luz antes que el sujeto. Estar disponible, no cazando.

En el momento del disparo: reconocer qué tipo de encuentro es (atmósfera o composición, descripción o instante), y honrarlo en su propio modo. La pregunta útil no es «¿esto será una buena foto?», sino «¿estoy realmente viendo esto?». Si la respuesta es no, no disparar. Las salidas en que no se dispara nada son tan útiles como las que producen imágenes.

En el procesado: partir de neutro, no del preset. El procesado sirve a la imagen, no la inventa. Si una foto necesita procesado dramático para sostenerse, casi siempre es que no había foto. Resistir el reflejo de subrayar, contrastar, virar.

En la selección: dejar pasar tiempo, no decidir en caliente. Volver al archivo cíclicamente sin propósito. No descartar definitivamente: lo que hoy parece flojo puede revelarse preciso en cinco años.

Como horizonte: contar menos de lo que se evoca. Tratar al espectador (incluido el yo futuro) como capaz de resonancia. Confiar en que si el encuentro fue real y la imagen lo respeta, alguien que se detenga lo va a ver. Y si nadie se detiene, también está bien.

Los conceptos no van con uno cuando se dispara. Son para antes (orientar la práctica) y para después (analizar el archivo). En el momento del encuentro, son ruido. La asimilación correcta de cualquier marco como este es la que lo disuelve en una mirada que ya no necesita nombrarlo. Funciona como ese saber que no se nota cuando se tiene, y que solo se ve cuando falta.

Esta es una bibliografía orientativa, organizada por el papel que cada texto desempeña en el marco que he ido construyendo. No es exhaustiva ni neutral: es la lista de los libros y autores que más me han ayudado a pensar la fotografía, agrupados por la pregunta a la que responden.

Filosofía y teoría de la imagen fotográfica

Vilém Flusser. Para una filosofía de la fotografía. Editorial Síntesis, varias ediciones. Original: Für eine Philosophie der Fotografie, 1983. El texto fundacional para pensar la cámara como aparato y al fotógrafo como funcionario que ejecuta un programa, o lo combate. Breve, denso, incómodo.

Roland Barthes. La cámara lúcida. Nota sobre la fotografía. Paidós. Original: La chambre claire, 1980. La distinción entre studium y punctum, y la formulación de la fotografía como certificado de existencia (el «esto ha sido»). Imprescindible.

Susan Sontag. Sobre la fotografía. DeBolsillo / Alfaguara, varias ediciones. Original: On Photography, 1977. La cámara como apropiación, la fotografía como atención y como escudo. Discutible en muchos puntos, pero formidable como provocación sostenida.

John Berger. Modos de ver. Gustavo Gili. Original: Ways of Seeing, 1972. No es estrictamente sobre fotografía, pero la tesis sobre la mirada como construcción histórica es decisiva. Breve y luminoso.

John Berger. Sobre las propiedades del retrato fotográfico y otros ensayos recogidos en Para entender la fotografía. Gustavo Gili, 2015. Selección de textos sobre fotografía dispersos en su obra. Berger pensando la imagen es siempre menos sistemático y más penetrante que la mayoría de los teóricos formales.

Práctica del lenguaje fotográfico

Stephen Shore. Lección de fotografía. La naturaleza de las fotografías. Phaidon, primera edición en español 2009 (con reediciones posteriores). Original: The Nature of Photographs, 1998. Los tres planos (físico, descriptivo, mental) y los cuatro recursos del plano descriptivo (planitud, encuadre, tiempo, foco). Se lee en una tarde y se vuelve a él durante años.

Luigi Ghirri. Lezioni di fotografia. Quodlibet, 2010 (con reediciones). Hasta donde he podido confirmar, no hay edición completa en español, aunque circulan textos sueltos traducidos. Si lees italiano, vale absolutamente la pena. Si no, hay traducción al inglés (The Complete Essays 1973–1991, Mack, 2016) que recoge sus escritos breves, distinta del libro de las clases.

Joan Fontcuberta. La cámara de Pandora. La fotografía después de la fotografía. Gustavo Gili, 2010. Y El beso de Judas. Fotografía y verdad, Gustavo Gili, 1997. Pensador imprescindible para entender la cuestión de la verdad fotográfica y la fotografía después del giro digital.

Panorama de la fotografía contemporánea

Charlotte Cotton. La fotografía como arte contemporáneo. Thames & Hudson / Blume. Original: The Photograph as Contemporary Art, 2004 (con ediciones revisadas en 2009, 2014 y 2020). El mapa más útil que existe del territorio. Las ocho categorías que propone son herramientas de lectura, no taxonomía rígida.

Liz Wells (ed.). Photography: A Critical Introduction. Routledge, varias ediciones desde 1997 (la sexta es de 2021). Manual académico exhaustivo, útil como referencia para las grandes discusiones críticas (índice y huella, documental y representación, género y mirada, fotografía y arte).

Geoff Dyer. El instante perpetuo. Acerca de la fotografía y sus fotógrafos. Random House Mondadori, 2008. Original: The Ongoing Moment, 2005. No es manual ni teoría académica: es un ensayo libre que conecta fotógrafos a través de motivos recurrentes (sombreros, manos, escaleras, ciegos). Una manera deliciosa de pensar la fotografía sin sistema.

Estética japonesa aplicable a la fotografía

Junichirō Tanizaki. El elogio de la sombra. Siruela, varias ediciones. Original: In’ei raisan, 1933. La defensa de la penumbra, los tonos medios, la materialidad sutil de los objetos en luz baja. Indispensable para entender la sensibilidad opuesta al brillo y la nitidez occidentales.

Andrew Juniper. Wabi Sabi: The Japanese Art of Impermanence. Tuttle Publishing, 2003. No traducido al español, hasta donde sé. Sólido recorrido por wabi-sabi que evita los tópicos new age. Útil para entender la diferencia entre estilo decorativo y disposición estética.

Leonard Koren. Wabi-Sabi: para artistas, diseñadores, poetas y filósofos. Editorial Hipòtesi, 1997 (varias ediciones). El libro corto que hizo circular el concepto en Occidente. Más accesible que Juniper, también más simplificador.

Laurent Barrera. Japanese Aesthetics in Photography: Wabi-sabi, Mono no aware, Zen… A Different Way of Photographing. Auto-publicado, segunda edición ampliada 2026. El libro que mencionaste al principio. Es introductorio, está pensado para fotógrafos sin formación previa en estética japonesa, y tiene la virtud de tratar los conceptos como herramientas operativas, no como exotismo.

Donald Keene. Placeres japoneses. Adriana Hidalgo, 2007 (selección en español). Para profundizar en mono no aware y yūgen desde la literatura clásica japonesa. Más histórico que aplicable a fotografía, pero útil para no quedarse en la versión simplificada de los conceptos.

Otros textos útiles

Henri Cartier-Bresson. The Decisive Moment, 1952. Hay edición facsimilar de Steidl (2014). Y los ensayos recogidos en Ver es un todo. Entrevistas y conversaciones 1951–1998, Gustavo Gili, 2014. Para entender de primera mano la formulación del instante decisivo, y también sus matices, que el cliché ha simplificado.

Mariano de Santa Ana (ed.). Elogio de la mirada. Editorial Magnard / varios. He visto este título atribuido a varias compilaciones distintas; conviene comprobar la edición concreta que tienes. La idea general del título recoge una tradición de ensayos breves sobre el ver que dialoga bien con Berger.

Sobre Otto Steinert y la Fotografía Subjetiva: el material en español es escaso. La referencia más útil es la entrada de Oscar Colorado en su sitio Oscar en Fotos (oscarenfotos.com), que tiene un artículo extenso sobre el movimiento. Para los textos originales hay que ir a las publicaciones alemanas de los años cincuenta (las tres ediciones de Subjektive Fotografie, 1952, 1955, 1958), no traducidas.

Fotógrafos cuya obra completa vale la pena conocer

Más allá de los textos teóricos, la formación fotográfica pasa sobre todo por mirar las obras completas de algunos fotógrafos. Para la sensibilidad que he ido formulando, los más relevantes serían:

  • Luigi Ghirri: Kodachrome (1978, reeditado por Mack), Il profilo delle nuvole (1989), Paesaggio italiano (1989).
  • Stephen Shore: Uncommon Places (Aperture, edición ampliada 2014) y American Surfaces (Phaidon).
  • William Eggleston: William Eggleston’s Guide (MoMA, edición facsímil de la de 1976) y The Democratic Forest (Steidl).
  • Saul Leiter: Early Color (Steidl) y In My Room (Steidl).
  • Rinko Kawauchi: Utatane, Illuminance, Halo (varios editores, sobre todo Aperture y Chose Commune).
  • Masao Yamamoto: Tori, Small Things in Silence (Radius Books).
  • Bernard Plossu: Le Voyage Mexicain y otros (varios editores franceses, alguna edición española dispersa).
  • Wolfgang Tillmans: cualquiera de sus libros monográficos es útil para entender la categoría Something and Nothing.

Una nota final sobre cómo usar esta lista. La cantidad de bibliografía disponible sobre fotografía es abrumadora, y leer mucho no garantiza ver mejor. Si tuviera que reducirlo a lo esencial, diría: Barthes, Shore, Sontag, Cotton y Tanizaki.

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