Rafael Vida’s Zine

Abuso del StoryTelling

Alrededor del 90% de los sitios web de fotografía contienen la palabra «storytelling» al menos una vez. Noventa por ciento. Si buscas un fotógrafo hoy, sea de bodas, de calle, de retrato o de producto, casi con seguridad encontrarás esa palabra en su bio, en el título de su curso, en su propuesta de valor.

Y sin embargo, si le preguntas a cualquiera de ellos qué historia exactamente cuenta su fotografía, la respuesta suele ser vaga, circular, o directamente un silencio incómodo.

Algo no cuadra.


La base es una mentira

No es solo que el término esté sobreusado. Es que hay un problema de fondo más serio: la fotografía y la narrativa son, en su esencia, incompatibles.

Una historia necesita tiempo. Una secuencia de eventos. Un antes y un después. La narrativa, tal como la define el psicólogo Jerome Bruner, es irreduciblemente temporal — no puedes tener una historia sin que algo ocurra a lo largo del tiempo.

Una fotografía es un instante. Un solo fotograma detenido. No tiene antes ni después. No puede narrar porque no tiene duración.

Mark Meyer lo formuló sin anestesia en su artículo Storytelling Photography Considered Harmful (2014), que sigue siendo la crítica más lúcida sobre el tema: al describir fotografías con buzzwords como «narrativa» y «storytelling» infravaloramos lo que la fotografía realmente puede hacer — que es algo mucho más interesante que contar historias.

Susan Sontag ( que es verdad que dice muchas cosas), ya lo había dicho antes en Sobre la fotografía: la sabiduría última de la imagen fotográfica es decir «ahí está la superficie, ahora siente, intuye, qué hay más allá de ella». Las fotografías no explican nada. Son invitaciones inagotables a la deducción, la especulación y la fantasía.

No cuentan. Abren.


De dónde viene realmente el término

El storytelling no llegó a la fotografía desde la literatura ni desde el cine. Llegó desde el marketing corporativo.

A principios de los 2000, grandes empresas descubrieron que vender productos como historias funcionaba mejor que listar características. Steve Jobs fue el maestro — cada presentación de Apple era una historia con villanos, héroes y redención. El storytelling se convirtió en el santo grial del branding.

La fotografía comercial lo adoptó por contagio. Sonaba bien. Sonaba profundo. Sonaba a algo más que «hago fotos bonitas». Y en el contexto de un mercado saturado donde miles de fotógrafos compiten por los mismos clientes, tener una palabra que elevara el trabajo al nivel de «arte narrativo» era un activo de marketing inmejorable.

El problema es que en el proceso, el término perdió cualquier significado real.


Lo que la fotografía sí puede hacer

Cartier-Bresson nunca habló de storytelling. Habló del instante decisivo — ese momento en que forma y contenido coinciden en una fracción de segundo irrepetible. No una historia. Un instante que lo contiene todo.

Y hay algo paradójico en las fotografías más poderosas de la historia: raramente cuentan lo que creemos que cuentan. La famosa foto del marinero besando a la enfermera en Times Square al final de la Segunda Guerra Mundial se convirtió en símbolo de alegría y liberación. La realidad documentada detrás de esa imagen era bastante diferente. La narrativa construida por el público no tenía nada que ver con lo que realmente ocurrió.

La foto no contaba una historia. Cada espectador construía la suya.

Eso no es storytelling. Es algo más potente: es una imagen que actúa como espejo. Que devuelve al espectador su propia experiencia, su propia pérdida, su propio júbilo.

Una fotografía que funciona artísticamente no narra. Resuena. Y resuena precisamente porque no intenta hacerlo — porque viene de un lugar verdadero, no de una fórmula.


El daño real del término

Más allá de la imprecisión, el storytelling como metodología fotográfica hace un daño concreto: forma fotógrafos que construyen en lugar de observar.

Si crees que tu trabajo es contar una historia, llegas al encuadre con un guión. Buscas el personaje, el conflicto, la resolución. Diriges, aunque sea sutilmente. Esperas el momento que confirma lo que ya decidiste que ibas a contar.

El resultado son imágenes que explican. Imágenes que se leen. Imágenes que generan una respuesta intelectual ordenada.

Y no hay nada de malo en eso. Pero no es lo mismo que una imagen que te golpea en el cuerpo antes de que puedas pensar. Que te detiene sin que sepas por qué. Que te produce desasosiego, o calma, o esa melancolía sin nombre que aparece ante ciertas luces de tarde.

Esa respuesta visceral no se fabrica con una fórmula narrativa. Se consigue llegando a un lugar verdadero — propio, específico, íntimo — y confiando en que esa especificidad va a tocar algo universal en el espectador.

Cuanto más personal, más resuena. Pero solo si no intentas que resuene.


Toca un poco las narices

La próxima vez que alguien te diga que su fotografía «cuenta una historia», vale la pena preguntar:

¿La historia está en la foto, o la estás poniendo tú?

Y si necesitas explicar la historia para que el espectador la vea — si sin el pie de foto la imagen no funciona — entonces la historia no está en la imagen. Está en tu cabeza.

Una fotografía que necesita ser explicada para ser sentida no es fotografía artística. Es ilustración de una idea que no cupo en el encuadre.


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