El abuso del storytelling en fotografía

Read in English: The abuse of storytelling in photography

Alrededor del 90% de los sitios web de fotografía contienen la palabra “storytelling” al menos una vez. Si buscas un fotógrafo hoy, sea de bodas, de calle, de retrato o de producto, casi con seguridad encontrarás esa palabra en su bio, en el título de su curso o en su propuesta de valor.

Y sin embargo, si le preguntas a cualquiera de ellos qué historia cuenta exactamente su fotografía, la respuesta suele ser vaga o circular, cuando no un silencio incómodo.

Algo no cuadra.


La base es una mentira

El término está sobreusado, pero hay un problema de fondo más serio: la fotografía y la narrativa son, en su esencia, incompatibles.

Una historia necesita tiempo: una secuencia de eventos, un antes y un después. La narrativa, tal como la define el psicólogo Jerome Bruner, es irreduciblemente temporal. No puedes tener una historia sin que algo ocurra a lo largo del tiempo.

Una fotografía, en cambio, es un instante, un solo fotograma detenido, sin antes ni después. No puede narrar porque no tiene duración.

Mark Meyer lo formuló sin anestesia en su artículo Storytelling Photography Considered Harmful (2014), que sigue siendo la crítica más lúcida sobre el tema: al describir fotografías con buzzwords como “narrativa” y “storytelling” infravaloramos lo que la fotografía es capaz de hacer, que es algo mucho más interesante que contar historias.

Susan Sontag (que es verdad que dice muchas cosas) ya lo había dicho antes en Sobre la fotografía: la sabiduría última de la imagen fotográfica es decir “ahí está la superficie, ahora siente, intuye, qué hay más allá de ella”. Las fotografías no explican nada. Son invitaciones inagotables a la deducción, la especulación y la fantasía.

En vez de contar, abren.


De dónde viene el término

Aunque suene a literatura o a cine, el storytelling llegó a la fotografía desde el marketing corporativo.

A principios de los 2000, grandes empresas descubrieron que vender productos como historias funcionaba mejor que listar características. Steve Jobs fue el maestro. Cada presentación de Apple era una historia con villanos, héroes y redención. El storytelling se convirtió en el santo grial del branding.

La fotografía comercial lo adoptó por contagio, porque sonaba bien y profundo, a algo más que “hago fotos bonitas”. En un mercado saturado, donde miles de fotógrafos compiten por los mismos clientes, tener una palabra que elevara el trabajo al nivel de “arte narrativo” era un activo de marketing inmejorable.

Por el camino, el término perdió cualquier significado real.


Lo que la fotografía sí puede hacer

Cartier-Bresson nunca habló de storytelling; lo suyo era el instante decisivo, ese momento en que forma y contenido coinciden en una fracción de segundo irrepetible. Ese instante lo contiene todo sin necesidad de contar una historia.

Hay algo paradójico en las fotografías más poderosas de la historia, y es que raramente cuentan lo que creemos que cuentan. La famosa foto del marinero besando a la enfermera en Times Square al final de la Segunda Guerra Mundial se convirtió en símbolo de alegría y liberación. La realidad documentada detrás de esa imagen era bastante diferente. La narrativa que construyó el público no tenía nada que ver con lo ocurrido.

La historia la ponía el espectador, y cada uno construía la suya.

Una imagen así actúa como un espejo que le devuelve al espectador su propia experiencia, su pérdida o su júbilo, y eso es bastante más potente que el storytelling.

Una fotografía que funciona artísticamente no narra nada, pero resuena. Y resuena precisamente porque no lo intenta, porque nace de un lugar verdadero y no de una fórmula.


El daño real del término

Además de ser impreciso, el storytelling como metodología fotográfica hace un daño concreto: forma fotógrafos que construyen en lugar de observar.

Si crees que tu trabajo es contar una historia, llegas al encuadre con un guion. Buscas el personaje, el conflicto, la resolución. Diriges, aunque sea sutilmente. Esperas el momento que confirma lo que ya decidiste que ibas a contar.

El resultado son imágenes que explican, que se leen y que generan una respuesta intelectual ordenada.

No hay nada de malo en eso, pero no es lo mismo que una imagen que te golpea en el cuerpo antes de que puedas pensar, que te detiene sin que sepas por qué y te produce desasosiego, o calma, o esa melancolía sin nombre que aparece ante ciertas luces de tarde.

Para conseguir esa respuesta visceral, una fórmula narrativa sirve de poco. Hay que llegar a un lugar verdadero (propio, específico, íntimo) y confiar en que esa especificidad va a tocar algo universal en el espectador.

Cuanto más personal, más resuena, siempre que no intentes que resuene.


Toca un poco las narices

La próxima vez que alguien te diga que su fotografía “cuenta una historia”, pregúntale:

¿La historia está en la foto, o la estás poniendo tú?

Y si necesitas explicar la historia para que el espectador la vea (si sin el pie de foto la imagen no funciona), entonces esa historia solo existe en tu cabeza.

Una fotografía que necesita ser explicada para ser sentida se queda en ilustración de una idea que no cupo en el encuadre.


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